La muerte de cinco civiles en Huancavelica ya no es solo una cifra en un parte oficial. Entre denuncias de coacción a sobrevivientes y la aplicación de protocolos internacionales, la justicia busca determinar si lo ocurrido fue un operativo legítimo o una ejecución extrajudicial.
Detrás del polvo de los caminos de Tayacaja y el silencio de las montañas de Huancavelica, una verdad intenta abrirse paso. Lo que el pasado 12 de abril se reportó como una intervención militar contra el rastro del ilícito, hoy ha escalado a las esferas más altas de la justicia especializada. La Fiscalía de Derechos Humanos e Interculturalidad de Junín ha tomado las riendas del caso, transformando una investigación penal común en un expediente sobre la vida, la dignidad y el posible uso excesivo de la fuerza del Estado.
Más que un operativo: Historias truncadas
La noticia de que la Fiscalía Supraprovincial asumiera el caso no es un trámite burocrático; es un reconocimiento de que algo no encaja. Al inicio, la narrativa oficial intentó encasillar a las víctimas bajo la sospecha. Sin embargo, el traslado del caso desde la fiscalía local de Tayacaja sugiere que los indicios de vulneraciones graves son lo suficientemente sólidos como para hablar, potencialmente, de ejecuciones extrajudiciales.
Para las familias de los cinco fallecidos, este giro representa una luz de esperanza frente al estigma. Ya no se trata solo de «limpiar nombres», sino de entender por qué ciudadanos civiles terminaron muertos en un operativo que, por ley, debía proteger la vida por encima de todo.
El peso de la coacción: «¿Me obligaron a mentir?»
El punto más crítico de esta historia humanística recae en los hombros de un sobreviviente. Ha surgido una denuncia alarmante: presunta coacción. Según se investiga, este testigo clave habría sido presionado para declarar que transportaba sustancias ilícitas, una confesión que habría servido como el «escudo legal» perfecto para justificar los disparos militares.
Si se confirma que la narrativa oficial fue construida bajo amenazas, el caso Colcabamba pasaría de ser un error operativo a un crimen de estado diseñado para el encubrimiento.
La ciencia frente a la sospecha: El Protocolo de Minnesota
En el lugar de los hechos, en Campo Armiño, el ambiente es tenso. Fiscales especializados recorren la zona buscando cámaras de videovigilancia y registros de tránsito que no puedan ser borrados. Pero la prueba reina vendrá de la medicina forense: se ha ordenado aplicar el Protocolo de Minnesota.
Este estándar internacional es el que se usa cuando existe la sospecha de que el Estado ha causado una muerte ilícita. No busca solo la causa de muerte, sino el cómo y el por qué: ¿A qué distancia se disparó? ¿Hubo intención de matar? ¿Fue una respuesta proporcional o un ataque directo?
La búsqueda de justicia
Para el abogado de las víctimas, Anthony Crespo, la independencia de esta nueva etapa fiscal es vital. En un país donde las heridas de los conflictos internos aún supuran, casos como el de Colcabamba ponen a prueba la salud de nuestra democracia.
Lo que está en juego en los despachos de la Fiscalía de Derechos Humanos no son solo documentos, sino la respuesta a una pregunta que retumba en las alturas de Huancavelica: ¿Valía esa intervención la vida de cinco peruanos?
La investigación avanza, y mientras los peritos analizan cada casquillo y cada imagen, la sociedad civil permanece vigilante. Porque la justicia que tarda, y que se intenta desviar con presiones, no es justicia.
Eder David Malpartida Vega, docente del sexto grado de la escuela San Pedro de Yauyo, salvó a uno de sus estudiantes, pero quedó atrapado en el barro y no logró salir del río.
Un acto de valentía terminó en tragedia en el río Cunas, en el anexo de Huarisca. El profesor Eder David Malpartida Vega murió luego de rescatar a uno de sus alumnos que se ahogaba en una poza.
Según la información preliminar, el docente ingresó al agua para auxiliar al menor y consiguió ponerlo a salvo. Sin embargo, tras el rescate, quedó atrapado en el barro y no pudo salir, perdiendo la vida en el lugar.
La tragedia conmocionó a la comunidad educativa de Yauyo, que hoy lamenta la muerte del maestro. Su intervención permitió salvar al estudiante, en un episodio que terminó cobrándole la vida.
Las autoridades deberán esclarecer las circunstancias del hecho.
El personal de Serenazgo de Chilca intervino en un disturbio registrado en la agencia de transportes MiBus, ubicada en la intersección de los jirones M. Cáceres y Áncash, en el barrio Santísima Cruz.
Según informó el propietario del establecimiento, un pasajero que presuntamente se encontraba en estado de ebriedad ocasionó daños en el local luego de perder su bus por llegar tarde a la agencia.
Por su parte, el pasajero denunció que los trabajadores de la empresa lo agredieron durante el incidente.
Ante las versiones contrapuestas, los agentes de Serenazgo trasladaron a ambas partes a la Comisaría de Chilca, donde la Policía realizará las diligencias necesarias para esclarecer los hechos y determinar las responsabilidades correspondientes.
Las autoridades deberán verificar las circunstancias del incidente a partir de las declaraciones y demás elementos que se recaben durante la investigación.
La intervenida aseguró ser amiga del propietario, pero este negó conocerla. Tras la intervención de Serenazgo, devolvió el equipo y el hombre decidió no presentar una denuncia.
Alrededor de las 12:05 a. m., agentes de Serenazgo acudieron a la intersección de los jirones Amazonas y Puno, luego de que las cámaras de videovigilancia alertaran sobre un presunto hurto de teléfono celular.
Según las imágenes captadas, un hombre de aproximadamente 35 años, quien aparentemente se encontraba en estado de ebriedad, habría sido abordado por una mujer que, minutos después, presuntamente le sustrajo el equipo móvil de entre sus pertenencias.
En el lugar, los agentes recogieron los testimonios de vecinos, quienes señalaron que la mujer se habría acercado al hombre con la presunta intención de quitarle sus objetos personales.
Durante la intervención, la mujer afirmó que conocía al varón y que ambos eran amigos; sin embargo, no pudo proporcionar su nombre. Por su parte, el hombre aseguró que no conocía a la intervenida.
Tras varios minutos de intervención e insistencia por parte de los serenos, la mujer finalmente sacó el teléfono celular de entre sus prendas íntimas y se lo devolvió a su propietario.
Luego de recuperar su equipo, el hombre decidió retirarse del lugar por sus propios medios y manifestó que no deseaba presentar una denuncia formal por lo ocurrido.
El caso quedó sin una denuncia por parte del presunto agraviado. Los hechos se mantienen en el ámbito de una presunta sustracción, sin que se haya informado de una investigación formal.